martes, 21 de marzo de 2017

Escuchar es oír con atención, ver es mirar con atención.


Dibujo de Lucien con dos años.

A Juan, cuando le hablaban casi siempre estaba pensando en otra cosa. De esa manera, oía, porque no era sordo, pero cuando contestaba, la gente se daba cuenta de que no los había escuchado, pues siempre hablaba de lo que le pasaba a él, salía con historias que nada tenían que ver con lo que los otros le habían contado, él siempre tenía una historia para contar y hacía que los demás escucharan su propia experiencia en situaciones similares.

Sus conocidos y amigos se iban distanciando de él, no les gustaba que Juan no le diera importancia a los asuntos que a ellos les preocupaba, casi siempre iba por delante y solía terminar las frases de los otros, como adivinando lo que le querían decir, oía sin poner atención. 

Y es que Juan no había aprendido a escuchar, pero eso le pasaba también a otras personas. Por ejemplo, cuando Juan llegaba a su casa del colegio, empezaba a contar atolondradamente lo que le había pasado aquel día, entonces, la persona mayor que estaba allí, ya podía ser su padre, su madre o la señora que a veces le cuidaba, siempre tenían muchas cosas que hacer, le decían: - Juan, cállate y tomate la merienda que tienes muchos deberes - Y Juan, claro, se callaba, se sentía frustrado, triste, porque percibía que a los demás no les importaban sus cosas... así que guardaba silencio y se metía dentro de sí mismo, fue perdiendo interés en comunicarse con su familia. 



De esta manera fue formándose en solo escuchar sus voces internas y no las de los demás, poco a poco se fue aislando y pensando erróneamente que a los otros no les interesaba lo que él sentía, por lo tanto él, desde su imaginación, creó una barrera que le impedía comunicarse con las otras personas, se creó un mundo solitario para él.

Tenemos que aprender a escuchar, a poner interés en lo que nos cuentan, para ello hemos de mirar con atención a los ojos de quien nos habla, así podremos saber cómo se siente y ayudarle en su tristeza o alegrarnos con esa persona de su alegría, eso es compartir, sentirnos a nosotros y sentir a los demás.

Saber escuchar es más que tener la capacidad de oír las palabras de los demás. Es, principalmente, tener la habilidad de dejar de oír nuestros propios pensamientos.



domingo, 5 de marzo de 2017

La ratita Alicia y el árbol con agujeros.



Érase una vez una ratita que se llamaba Alicia, era muy rebelde, esto quiere decir, que casi todo lo que veía no le gustaba, así que reaccionaba contestando con enfado a sus padres, profesores y especialmente a aquellos que ella creía tenían alguna autoridad, o sea, que mandaban.

Un día, su madre la mandó al supermercado a comprar galletas para la merienda, cuando llegó a la caja había una cola tremenda y Alicia empezó a ponerse de malhumor, empujaba a los ratones que tenía delante, resoplaba, y, claro, los otros ratones la miraban con mala cara, una vez llegó su turno tiró de mala manera el paquete de galletas a la cajera, pagó y no dijo ni adiós.

Cuando llegó a casa su mamá le preguntó qué porqué había tardado tanto, a lo que ella contestó que la dejara en paz y que nunca más iba a hacer mandados. Su mamá que la conocía le dijo que su mal carácter solo le iba a hacer daño a ella misma, ya que el enfado se lleva por dentro y hace mucho daño a uno mismo.

En el colegio la cosa no era muy diferente. Alicia tenía algunos amiguitos, los que la conocían sabían que tenía malas pulgas. Ana, su mejor amiga, era precisamente la que más sufría, pues quería mucho a Alicia pero a menudo peleaban y Alicia la insultaba y le decía cosas terribles, que hacían mucho daño a Ana.


Una vez, su tutora la llamó para hablar con ella, le dijo que había encontrado a Ana llorando y al preguntarle qué le pasaba esta le contestó que quería cambiarse de colegio para tratar de olvidarse de su amiga Alicia porque solo la hacía sufrir. Al oír esto, Alicia estuvo muy apenada pues quería realmente a Ana y no quería perderla.

Al día siguiente la profesora anunció a la clase que Ana se iba a otro colegio, Alicia, llorando fue hasta su amiga para pedirle que no se fuera, que la perdonara, que ya no iba a enfadarse más con ella, pero ya Ana no podía volver atrás, eran sus padres los que habían tomado la decisión y la pequeña nada podía hacer.

Pasaron los días y Alicia estaba muy triste pues echaba mucho de menos a su amiguita, su tutora, al verla tan apenada así le habló: Alicia, no estés triste, trata de comprender porqué ha pasado esto, cuando se dicen palabras que molestan a los demás, duelen, aunque después pidamos perdón no vuelve a ser como antes. Si clavamos un clavo en un árbol, aunque después lo quitemos, el agujero sigue ahí, ¿Verdad Alicia? De la misma manera, cuando ofendemos a los demás ellos nos perdonarán, pero ya saben que les hemos causado dolor y eso no se olvida fácilmente.


No olvides lo que dijo Charles Dickens que era un escritor de cuentos: "La verdadera grandeza es hacer que los demás se sientan grandes.

martes, 28 de febrero de 2017

La artista.




Érase una vez, una familia muy feliz. Papá, mamá, Guillermo y Alicia. También estaban la tía Ana, el tío Javier y las primas Dulce y Eva, esta anécdota va de ellos.

                                                  

Una tarde, paseando por la plaza los ocho, decidieron sentarse a tomar un zumo los mayores y los peques fueron a corretear por la inmensa explanada donde habían plantas con flores de todos los colores, los cuatro primos disfrutaban muchísimo jugando y saltando, escondiéndose y encontrándose.




Dibujo de Lucien.
De repente, Guillermo vio que una señora estaba sentada en el suelo pintando un precioso mural con colores increíbles, era una artista, también se fijó en un sombrero donde la gente depositaba monedas, como la pintura de aquella señora le gustaba tanto, se lo dijo a sus primos, que acudieron entusiasmados a contemplar aquella obra de arte.

Después de un rato de estar mirando, Eva dijo que quería ponerle unas monedas en el sombrero, porque le gustaba mucho lo que pintaba, que era un caballo al galope libre por un prado verde. Así que se fue corriendo a la mesa donde estaban los mayores y dirigiéndose a su madre le pidió dinero para la pintora. Su madre, levantándose de la silla se acercó a ver lo que tanto admiraba a la niña, cuando lo vio quedó fascinada, le dio la monedita a su hija y esta la depositó en el sombrero, al verla, Guillermo fue a hablar con su madre para hacer lo mismo, ya que también quería ayudar a la señora artista, su madre, sin apenas ver lo que estaba pintando aquella mujer, solo pudo fijarse en que la señora tenía un aspecto diferente, vestía con falda larga y estaba un poco desaliñada, tampoco le gustó la forma en que estaba sentada en el suelo, así que sin más miramientos dijo: -Hijo, a mamá no le gustan ese tipo de personas, ven con nosotros y dejen ya de estar ahí mirando.- 

Guillermo y los demás niños se quedaron muy tristes, para ellos la señora era admirable por lo que hacía, no se habían fijado en cómo iba vestida o peinada, ellos, como niños, no tenían problemas en aceptar a la gente como es, pensaron que algunos mayores se complicaban demasiado la vida fijándose en tantas cosas que no eran tan importantes. 



Vicent van Gogh fue un artista que vivió en la pobreza a pesar de ser un excelente pintor.




Lupi el pajarito que ayudaba a los demás.

Lupi era un pajarillo que vivía en una granja rodeado del cariño de sus padres y hermanitos.  Ayudaba en todo lo que podía, recogía ramitas y bichitos para tener almacenada la comidita que más les gustaba a los pajaritos.

                                           
Foto de Néstor M. Garavito
En las afueras de la granja había también familias de pajaritos que apenas tenían comida, así que Lupi siempre que podía cogía del almacén algunas hojitas, ramitas y bichitos y los repartía entre las familias que no tenían tanta suerte como él.

                                     
Foto de Néstor M. Garavito
Pero había una cosa que a Lupi no le gustaba. En la misma granja, había otra  familia de cotorras, ellas comían todo lo que encontraban, disfrutaban de la abundancia.                                            

Un día, las cotorras invitaron a Lupi a comer, pero a cambio, tenía que coger del almacén que sus papas cuidaban con tanto esmero, un montón de comidita para regalar a aquéllas cotorras para su reunión. También le dijeron que se tenía que poner un precioso traje de fiesta para ir.
                                       
Foto de Néstor M. Garavito
Lupi, que era muy sensato, pensó: si me hago un traje nuevo, tendré que cambiarlo por un montón de ramitas, bichitos y hojitas, además, ¿Las cotorras para qué quieren tanta comida si ya tienen un montón?, ellas viven lujosamente. No entiendo su necesidad.

Así que se fue a la fiesta con su vestido de siempre y llevó solo unas pocas cositas como bichitos secos y hojitas. Al llegar, los invitados le miraron recelosos y cuchicheaban entre ellos - Mira a Lupi, va como si no tuviera suficiente para ponerse un nuevo vestido y qué poca comida ha traído..., es un tacaño - 

                                   
Foto de Néstor M. Garavito
Cuando terminó la fiesta, en la que Lupi no se divirtió demasiado, volvió a su hogar. Estaba triste, porque aquéllos amigos no lo comprendían, él no entendía para qué se ponían trajes nuevos cada vez que salían, si el que tenían no estaba roto ni nada, sentía pena por las cotorritas que si no tenían muchas cosas estaban tristes.

Al día siguiente, llamaron a su puerta, una familia de pajaritos estaba en apuros, habían tenido muchos hijitos y unos niños les habían destrozado su nido, ahora tenían que empezar por el principio y con los bebés llorando todo el rato pio, pio, pio, así que necesitaban comida urgente, Lupi fue al almacén, sacó todo lo que pudo para ayudar a esta familia, también les llevó muchas ramitas con hojas para abrigarse, acumuló todo lo que pudo para ayudarles, todo lo que encontró para que estuvieran bien.

Y es que Lupi sabía dónde estaba la verdadera necesidad y le gustaba ayudar a los demás, con eso era con lo que él era feliz, pero las cotorras no sabían este secreto de Lupi y lo juzgaban sin conocerlo. No deberíamos hablar de los demás sin saber las razones que tienen para hacer lo que hacen o decir, lo que dicen.

sábado, 25 de febrero de 2017

El misterioso amigo de Pedro.

Érase una vez un niño llamado Pedro.  Pedro disfrutaba de casi todo, iba al colegio y tenía muchos amiguitos, niños y niñas, su profesora Katy era muy simpática y quería a todos por igual. 


Algunas veces, Katy se ponía triste si alguno de sus niños o niñas se portaban mal, así que directamente lo decía: - Ana, te has subido a la librería cuando te había dicho que estuvieras en tu silla, ahora estoy triste por tu desobediencia - entonces ellos se sentían mal por haber disgustado a su querida maestra.

Pedro, tenía un amigo secreto, todas las tardes, cuando salía del cole y después de merendar, se iba a ver a su amigo, se sentaba junto a él y le contaba todo lo que le había ocurrido durante el día. Su amigo le escuchaba en silencio y al niño eso le encantaba porque de ese modo, él mismo se podía oír, pasaba que a veces, oyéndose a sí mismo comenzaba a darse cuenta de que a lo mejor no había hecho lo correcto.


Por ejemplo, un día, contándole lo que le había  pasado con su amiga Marina: ella le había pisado muy fuerte sin querer y él, como un rayo la cogió por el brazo y le dio un pellizco, la niña se puso a llorar y cuando Katy preguntó qué había pasado, él dijo que Marina le había pisado pero no que él la había pellizcado, la niña no dijo nada y se llevó el castigo de la profesora.

Al contarlo a su amigo, Pedro se sintió mal por su falta a la verdad, así que al día siguiente le contó a su profesora la historia real y ella, pasándole la mano por la cabeza le dijo que había sido muy valiente por contar lo que de verdad había pasado. Después, Pedro se sintió realmente bien pues es muy bueno sentirse libre por dentro sabiendo que no hay nada que ocultar.

Su madre conocía el secreto de su hijo y lo miraba con dulzura, pues sabía que iba a encontrarse con su amigo el roble, un árbol enorme que cobijaba a Pedro después de las clases y escuchaba las confesiones infantiles de aquel pequeño ser que encontraba en su árbol a su mejor confidente. 

Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.

PD. El roble.- La importancia del roble va mucho más allá que la utilidad de su madera. La imagen de este longevo árbol es grandiosa con recias ramas que se elevan al cielo. Para todos los pueblos que lo han conocido constituye un sinónimo de fuerza, de no dejarse doblegar ante ningún obstáculo. El fruto del roble son las bellotas. Puedes leer más sobre este árbol en el enlace.